
La máquina extractiva urbana es una forma silenciosa de producción de valor: la ciudad absorbe territorio, paisaje y cultura rural para transformarlos en capital urbano. Este texto es una reflexión desde la arquitectura y el territorio sobre cómo opera este mecanismo.
En las últimas semanas, las tensiones alrededor de la gentrificación en Ciudad de México han vuelto a estallar en la conversación pública. Desde manifestaciones contra la turistificación hasta denuncias sobre el desplazamiento de comunidades, la megaciudad parece arder en un conflicto tan antiguo como el propio urbanismo.
Desde la distancia —y con los años que llevo viviendo fuera de ese pulso caótico y fascinante— he sentido la necesidad de escribir estas líneas. De hecho, no para aportar soluciones inmediatas, sino para abrir preguntas; Preguntas que surgen cuando miramos a la ciudad no solo como un lugar donde habitamos, sino como un dispositivo que moldea relaciones, deseos y territorios.
Esta reflexión nace también de experiencias recientes con nuestros proyectos en Todos Santos donde el territorio y la urbanización conviven en tensión.
¿Lo urbano gentrifica lo rural?
Sí, porque es su naturaleza.
Lo urbano no se limita a lo físico —calles, edificios, servicios— sino que es una forma de ver y de habitar el mundo. Urbanizar significa imponer orden, ritmo y reglas sobre un espacio que antes se regía por otras lógicas: lo estacional, lo comunal, lo incierto. Es, en cierto modo, un acto de colonización.
Cada vez que lo urbano se expande, no solo transforma el paisaje: transforma las prácticas, los valores y los deseos. Las comunidades rurales pasan de vivir “con” la tierra a vivir “en” un mercado donde la tierra tiene precio y potencial de desarrollo. Ahí está la semilla de la gentrificación.
Lo urbano no puede tocar lo rural sin alterarlo.
La mera llegada de la ciudad —su gente, su dinero, su estética— reconfigura el territorio: lo convierte en un producto. Un poblado antes invisible puede ser reimaginado como refugio de fin de semana, destino turístico o lienzo para proyectos arquitectónicos que dicen “respetar el contexto”.
Y aunque se hable de integración, sostenibilidad o “desarrollo responsable”, la operación casi siempre lleva consigo una violencia: desplazar no solo cuerpos, sino también modos de vida. La gentrificación parece ser el precio inevitable de la urbanización.
¿Cómo opera la máquina extractiva urbana?
La ciudad contemporánea es mucho más que un espacio de encuentro o un ecosistema humano: es, en su esencia, una máquina diseñada para extraer valor. Esta lógica tiene raíces profundas en la Revolución Industrial, cuando la ciudad dejó de ser un nodo simbólico y comercial para transformarse en infraestructura al servicio de la producción.
La canalización del agua, las redes eléctricas, la expansión de calles y avenidas no surgieron como gestos filantrópicos para el bienestar ciudadano: eran condiciones técnicas necesarias para garantizar el funcionamiento ininterrumpido de fábricas y talleres. Incluso la higiene urbana se promovió no tanto como acto de humanidad, sino como una medida para reducir epidemias que paralizaban la productividad.
La vivienda social, por su parte, tuvo también un origen pragmático: mantener descansado y disponible a un ejército de trabajadores.
La ciudad como máquina extractiva: una genealogía de la gentrificación

máquina extractiva urbana
La ciudad contemporánea es mucho más que un espacio de encuentro o un ecosistema humano: es, en su esencia, una máquina extractiva urbana diseñada para producir y capturar valor. Esta lógica tiene raíces profundas en la Revolución Industrial, cuando la ciudad dejó de ser un nodo simbólico y comercial para transformarse en infraestructura al servicio de la producción.
La canalización del agua, las redes eléctricas, la expansión de calles y avenidas no surgieron como gestos filantrópicos para el bienestar ciudadano: eran condiciones técnicas necesarias para garantizar el funcionamiento ininterrumpido de fábricas y talleres. Incluso la higiene urbana se promovió no tanto como acto de humanidad, sino como una medida para reducir epidemias que paralizaban la productividad.
La vivienda social, por su parte, tuvo un origen igualmente pragmático: mantener descansado y disponible a un ejército de trabajadores.
Dinámicas similares han sido analizadas por ONU-Habitat en sus reportes sobre urbanización global
De la fábrica al territorio como mercancía
Hoy la máquina ha cambiado de forma, pero no de naturaleza. Las ciudades ya no dependen de las fábricas físicas: ellas mismas son fábricas de valor. Especulación inmobiliaria, turismo, economía de servicios… el espacio urbano se ha convertido en una promesa de rendimiento.
La gentrificación no es un accidente ni una anomalía; es un síntoma visible de esa maquinaria. Los cuerpos y capitales capaces de rentabilizar un territorio reemplazan a quienes no pueden hacerlo.
Pero hay un matiz incómodo: no toda gentrificación surge desde arriba ni tiene el mismo rostro. Un barrio puede ser transformado por la llegada de migrantes de bajos recursos que buscan refugio y trabajo (como el caso reciente de comunidades venezolanas en CDMX), tanto como por un influjo de digital nomads con ingresos en dólares que suben los precios de alquiler y consumo.
Ambos movimientos desplazan, negocian y reconfiguran. La diferencia está en quién puede imponer su estética, sus prácticas y su poder adquisitivo sobre el territorio.
Incluso quienes hoy se sienten víctimas de la gentrificación muchas veces ya fueron colonizadores de un territorio antes. Llegaron antes, reclamaron un espacio, se apropiaron de él… y ahora defienden como “común” lo que en realidad consideran propio.
Una reflexión necesaria
Si la ciudad es una máquina, ¿qué pasaría si la apagamos?
¿Es posible imaginar un espacio urbano que no esté alineado con la lógica extractiva?
¿O toda urbanización —por muy suave o sostenible que se presente— está condenada a gentrificar?
Quizá, en el fondo, habitamos espacios que nunca fueron nuestros: préstamos que se negocian una y otra vez entre quienes llegan primero y quienes llegan después.
¿Y si el problema no es quién llega… sino quién se cree con derecho a quedarse?
Más reflexiones sobre arquitectura, territorio y práctica espacial pueden encontrarse en nuestro blog .

